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Jueves 23 de Octubre de 2003
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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ANTONIO AGUILAR

Una flor que comenzó cantando

POR CECILIA KÜHNE

Parte de la familia de Flor Silvestre: (De pie, el sexto de izquierda a derecha), el abuelo de Flor; (sentada, la quinta, al centro) la abuela; la niña con el sombrero a los pies, su mamá, María de Jesús.

Se llama Guillermina y nació en Salamanca, Guanajuato. Fue la tercera de siete hermanos y una de la que tuvo que quedarse en su ciudad natal cuando su mamá, María de Jesús, decidió irse a la ciudad de México con los tres hijos más pequeños, para no alejar a los mayores de sus deberes escolares.
Quizá su dulce rostro o el contraste entre su piel y su cabello o su mirada soñadora, que aún hoy parece la de una niña, fue lo que motivó a que se cambiara el nombre y todos acabaran llamándola Flor Silvestre.
Pocos saben que, a diferencia de Antonio Aguilar, el amor de su vida, ella no tuvo ninguna duda sobre lo que quería hacer y no esperó muchos años para ello. A la corta edad de 13 años ya había saltado a un escenario y estaba cantando ranchero.
Pero la historia, a pesar de no haber estado plagada de dificultades, no fue tan sencilla. Durante mucho tiempo fue a la ciudad solamente a visitar a sus hermanos durante las vacaciones escolares y una vez concluida la primaria se estableció ahí definitivamente. Ya no la inscribieron en la secundaria sino en la Escuela Bancaria Comercial Milton situada en pleno centro histórico, en la muy célebre calle de Madero. Pero en aquella época conoció a su primo Pepe Hernández, un organizador de presentaciones teatrales a beneficio de la Liga Antialcohólica. El padre de Flor, don Jesús Jiménez, la llevaba a menudo a ver a los artistas de su primo Pepe y, poco a poco, a la pequeña Guillermina se le iba metiendo la música, la magia del espectáculo y la calidez del ambiente en el corazón. Un día cuando se presentaba el Mariachi Pulido, la chiquilla de 13 años no aguantó más, se subió al escenario y dijo que quería cantar. El director del mariachi le dijo que no acompañaba a improvisados, pero el dueño del teatro, enternecido por la carita triste de la niña, le dijo que regresara a la semana siguiente y le prometió contratar a un mariachi del Tenampa para que la acompañara. Después de mucho rogar, la futura Flor Silvestre convenció a su familia.
El día que debutó por primera vez en aquel escenario cantó “ La canción mexicana”, “Yo también soy mexicana” y “ El herradero”. Chiquilla y todo, con su voz de niña tierna, el público la ovacionó. Poco tiempo después la invitaron a cantar al radio, a la estación XFO.

Quizá era muy temprano para empezar tan pronto pero, justo cuando cantaba en la XFO, comenzó la búsqueda de su nombre artístico. Estrenándose en la radio cantó una obra Jesús Morales, el compositor de moda, que se llamaba “La Soldadera”. Después de eso todos le dijeron así. Pero no durante mucho tiempo. Un día llegó una mujer, furiosa, diciendo que La Soldadera era ella y hasta ahí duró el primer nombre de la novel artista.
Arturo Blancas, un famoso locutor que también escribía para Excélsior se enteró y le dijo que “soldadera” no era una palabra que la describiera, que era un nombre muy duro, muy poco femenino y no le quedaba a esa cara de tan enormes ojos y gesto tan amable. Le dijo que más bien parecía una flor y que podía pensar en llamarse algo así como La Amapola. Feliz, Guillermina comenzó a anunciarse así pero la historia volvió a repetirse: la esposa de Paco Miller, hermana de la Panchita, le dijo que aquel nombre ese suyo y lo de la Amapola se acabó. No así el pensamiento de un campo florido no. Por ventura corría el año el año de 1943 y como en años nones, bendiciones, se estaba proyectando una película con Dolores del Río que se llamaba “Flor Silvestre”. Sin pensarlo más, porque era evidente que el nombre se había hecho para ella, Guillermina lo adoptó de inmediato. Desde entonces, Flor Silvestre la llaman y todo el mundo sabe de quién se trata.

Una gran belleza, de Salamanca, Guanajuato, nada menos que Flor Silvestre.

Ya con un nuevo nombre propio la voz, el talento y la belleza de Flor fueron llevándola de la mano por el camino del triunfo. Todavía no acababan los años cuarenta cuando ya había ganado un concurso en la XEW derrotando a otras aspirantes de menor monta. Los contratos comenzaron a llover, uno de ellos muy importante, para presentarse en el Teatro Colonial. Ubicado en San Juan de Letrán )magno antecedente del actual Eje Central de la Ciudad de México- era un lugar de espectáculos que atraía, cada noche, a gente que deseaba ver lo más nuevo y lo mejor tanto de la comedia como de la canción. Figuras polémicas y de gran cartel alternaron con ella, baste mencionar a Jesús Martínez Palillo y a Pompín Iglesias. Su voz dulce y melancólica llamó la atención de empresarios que la contrataron para irse de gira por el norte del país y Sudamérica. A su regreso actuaría en el Patio, conocería a Gregorio Wallerstein, productor de películas y a Emilio Azcárraga, dueño de la XEW. Antonio Aguilar la conoció en 1950 en los pasillos de aquella radiodifusora y nada más la miró de reojo.
- Es que yo estaba cantando ópera, opereta y zarzuela,- cuenta don Antonio- y ella cantaba cancioncitas raras: rancheras, de mariachi y esas tonaditas.
Una vez dicho lo anterior y tomados de la mano, Flor Silvestre y Antonio Aguilar estallan en carcajadas.

Recuérdame bonito

Para que encuentres la
felicidad voy a salirme de
tu vida en esta carta
encontraras el doloroso verso que es mi despedida.

Para que encuentres la
felicidad te dejare libre el camino ya comprendió mi
corazón que solo fui un
tropezón en tu destino.

Recuérdame bonito y por favor, no llores amor, te lo repito que por favor, no llores porque me voy me voy, me voy.

Para que encuentres la
felicidad esa que no hayaste conmigo voy a alejarme y sabrás que si no fui muy buen amor soy buen amigo.

Para que encuentres la
felicidad voy a tomar otro
sendero no he de olvidarte, bien lo se y aunque lo dudes, hoy me iré porque te quiero.

Recuérdame bonito y por favor, no llores amor, te lo repito que por favor, no llores porque me voy me voy, me voy.

Amor me voy.
me voy, me voy.

 
 
 
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