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ANTONIO AGUILAR


Una voz de Zacatecas en la catedral de la radio

POR CECILIA KÜHNE

Tony Aguilar empezó a cantar en la XEW y su voz asombró al mundo.

Esa noche Antonio estaba vestido de “torcido”. De catrín, vamos. No tenía bigote y estaba peinado para atrás, con cada cabello en su lugar y brillante de pomada. Era 22 de julio y aunque verano, los calores moderados de la ciudad de México no impedían usar corbata y traje oscuro elegantísimo. Aguilar era el apuesto debutante, intérprete de “canciones finas” , boleros, temas musicales de películas hollywoodenses y con una gran afición a otorgarle un nivel clásico a las tonadas populares.
El público en vivo, que asistió al número 54 de la calle de Ayuntamiento, los estudios de la XEW, ignoraba que Antonio Aguilar se había dedicado a estudiar ópera durante más de una década para convertirse en alguien de la talla de Alfonso Ortiz Tirado o Néstor Chayres, tenores cotizados del bel canto mexicano. Tampoco sabía cómo y por qué había llegado hasta la XEW, la radiodifusora más importante del país, si antes nadie lo había escuchado.
Don Antonio vuelve a recordar, casi con el mismo gusto, los días previos a su debut:
-Después de mi reunión con el Bachiller Gálvez y Fuentes y Rafael Solana, donde habían escuchado mis grabaciones, los dos estaban asombrados: “qué bárbaro!”, me decían, “ qué voz, no lo podemos creer”. Y entonces me llevaron con don Emilio Azcárraga . Este me saludó muy cordial “¡Tony!, me dijo ¿cómo estás? En qué andas?”. Yo le dije: “es que ahora soy cantante”. “¡Qué cantante ni qué nada”, me contestó: “tú eres cabaretero”. Total, que oye mis canciones y después, también muy sorprendido, me manda al estudio y me dice que le cante desde ahí una canción con un pianista. La canté y cuando regresé ya tenía mi programa. El 22 de julio de 1950, para debutar, canté “Volveré” de María Greever y “Toledo” de Agustín Lara. De ahí en adelante, me seguí. Trabajé con las orquestas de los mejores directores: José Sabre Marroquín, Mario Ruiz Armengol y Elías Breeskin -el papá de Olga- que era un excelente violinista.
La inclusión de Antonio Aguilar dentro de la pléyade de estrellas de la XEW fue muy significativa, tanto para su carrera, como para el desarrollo de figuras del espectáculo en todo el país. La historia de la radio desde la ciudad de México, se concibe, en buena medida, como una crónica de las transformaciones que experimentó la urbe mientras pasaban los años. Como toda crónica, no constituye un fiel reflejo de la realidad y no abarca todo lo que ocurrió puntualmente. Es más bien un relato donde se entrecruzan los propios avatares del medio con la imaginación de los que hicieron la radio y los que la escuchaban; una telaraña brillante, tejida con emociones, sueños y polvo de estrellas.

La voz de la América Latina, como le decían a la XEW inició sus transmisiones en septiembre de 1930 y fue la emisora que marcó, a la vez, el final de un periodo y el inicio de una nueva etapa en la historia de la radiodifusión mexicana. Hasta antes de la W las emisoras eran instaladas con objetivos diversos por sus dueños o patrocinadores. Había quienes pensaban al radio como un medio de experimentación técnica, otros —los menos— la entendían como un instrumento para la difusión educativa y cultural, y hubo también quienes preveían que podía transformarse en una industria altamente rentable, pero no contaban ni con los recursos económicos ni con la capacidad empresarial para convertir a sus estaciones en negocios de éxito. La XEW, desde el inicio, estaba concebida por su propietario, el empresario tamaulipeco Emilio Azcárraga Vidaurreta, como un negocio, como una institución cuyo objetivo, más que científico, cultural o educativo, era económico. Fue por eso que la W fue la primera estación que desarrolló estrategias de publicidad que incidieron en las costumbres y las pautas del gusto y el consumo del público. Fue el primer medio que entendió que, para tener éxito económico, la radio tenía que convertirse en un referente cotidiano y la información, el entretenimiento y los artistas debían ser buscados por la gente que sintonizaba el radio. Los artistas que la W presentó eran, por supuesto, de una gran calidad y quedaban prendidos del corazón del público.
Antonio Aguilar fue un ejemplo de lo anterior. Su éxito fue tal que desde su debut trabajó sin parar en importantes programas de la estación interpretando boleros, canciones de corte internacional, clásicas de la canción mexicana y hasta haciendo de presentador. En Increíble pero cierto, y Revista Musical Nescafé Aguilar se destacó por su agradable timbre y su impecable técnica vocal y su estilo como conductor, ágil y simpático, lo llevó a alternar con figuras de cine, cómicos e intelectuales que día a día se presentaban en “La Catedral de la Radio”. Tanto esfuerzo rindió otros frutos: importantes empresarios de la industria discográfica empezaron a buscarlo y algunos realizadores del cine empezaron a imaginarlo dentro de la gran pantalla. Antonio Aguilar estaba a punto de volar hasta el infinito.

La chula mula

Estaba comiendo un taco en ese pueblo de Tula cuando pasó bien sentada una muchacha en su mula.
Rápido que suelto el taco dije buenas tardes, chula y me contestó sonriendo: se refiere a mí o a la mula.

Claro que le digo a usted no sea tan rejega, chula a menos que usted se sienta menos chula que la mula.

Que mula tan chula, y que chula tan mula yo ya no regreso para ese pueblo de Tula.

Ahora cuando miro a cualquier muchacha montando una mula ya ni de relajo digo respetuoso buenas
tardes chula.

Porque me recuerda lo que me dijeron una tarde en Tula que si saludaba a una mula chula o a una chula mula.

 
 
 
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