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ANTONIO AGUILAR

El día en que se acabó aquella vida nocturna

POR CECILIA KÜHNE

Antonio Aguilar toda su vida le cantó a sus fieles compañeros, los caballos.

La noche en la Ciudad de México, justo a la mitad de la década de los cuarenta, había abandonado la oscuridad y las tinieblas. Las calles, una vez abandonadas del sol, eran lugares iluminados por faroles, candilejas y miles de luces que provenían de los autos que iban de aquí para allá, serpenteando por calles y avenidas, como si pasear hasta las altas horas de la noche hubiera convertido todos los días en domingo. La vida nocturna no tenía fin: teatros y cantinas, cabarets y restaurantes se peleaban por atraer clientela, por convertirse en los favoritos de los artistas, la personalidades de la política, lo más selecto de la sociedad. El país se solazaba en su ventaja: mientras más allá de mares y fronteras las demás naciones se recuperaban de los estragos de la Segunda Guerra dividiéndose la comida, reconstruyendo ciudades, ahorrando en ropa y olvidándose de todo Lujo, en México la señoras usaban medias de seda, consultaban las revistas de moda para saber qué tipo de pieles y zapatos debían comprarse en el Palacio de Hierro y cuál sombrero usar para ir al Hipódromo o a los toros. Los señores nunca faltaban a la Plaza México y estaban pendientes de los resultados de frontón. Acudían al Jockey Club, apostaban grandes sumas a sus favoritos y compraban los mejores artículos domésticos para sus casas: una caja helada para conservar los alimentos, un aparato modernísimo para escuchar discos y estaban muy atentos a los nuevos artistas que se presentaban en el cine o los cabarets de moda. Por las noches hombres y mujeres iban a tomar la copa y a dejarse ver.
Antonio Aguilar vivía al ritmo de aquella vida lujosa y encantadora. Era considerado una gloria social y un impecable empresario de espectáculos, porque el Minuit que no le pedía nada a El Patio, se las arreglaba para presentar a los mejores.

-El cabaret, cuenta don Antonio, lo pongo en boga muy rápido y cada vez con mayor éxito. Meto a Los Panchos a Pepe Guízar y muy seguido a Agustín Lara. Era como el paladín de la noche porque los que querían oír a los mejores, a los más famosos no tenían más que ir al Minuit para saber lo que estaba de moda.
En este sentido la labor de Antonio Aguilar fue notable. La mayoría de los artistas que presentaba eran mexicanos, a diferencia de lo que había ocurrido en épocas pasadas. En 1929, por ejemplo, cuando todavía no era conocido en otros países de América, excepto Estados Unidos, el Trío Matamoros, cubano, autor de la famosa canción “Lágrimas Negras” había llegado a México, quince años después ya habían alcanzado una notoria popularidad y aparecían en teatros, cabarets, radio y películas.
Otra de las grandes figuras del arte teatral cubano, Rita Montaner, llegó a México por primera vez en 1933, para cantar acompañada por Ignacio Villa, a quien ella misma y por aquellas fechas, bautizó como Bola de Nieve. Y fue allí donde Bola comenzó su carrera como solista. Fueron los mexicanos los primeros en disfrutar el toque del piano y la manera especialísima de decir las canciones, que tenía Bola. Aquí hizo amigos, fue el primero en cantar las composiciones de Vicente Garrido y actuó en los cabarets más importantes de la ciudad. Lo mismo ocurrió con Benny Moré, un espigado jovencito con voz de clarín, integrante del Conjunto Matamoros, que había llegado a México con el nombre de Bartolomé Maximiliano Moré. Cuando los demás miembros de la agrupación regresaron a Cuba, Benny decidió quedarse y hasta inicios de los años cincuenta, desarrolló una carrera verdaderamente meteórica cantando con las orquestas de Chucho Rodríguez, Rafael de Paz, Mariano Mercerón y Dámaso Pérez Prado. Antonio Aguilar no se perdía de nada. Sabía de las carreras y el trabajo de todos los artistas de la noche y su clientela no podía quejarse. Pero no se había olvidado de su propia voz, de su sueño de convertirse en cantante.
-En el cabaret -cuenta Antonio Aguilar, con una mirada nostálgica y un poco triste -me hice un camerino apropiado, acolchado para que no me oyeran y con un piano, para seguir estudiando canto. Ahí pedía que no me interrumpieran, tomaba mis clases y cantaba durante largas horas de la noche. Sin embargo el trabajo era tanto que me quedaba poco tiempo para practicar. Yo seguía estudie y estudie y estudie, pero no pasaba nada.
Aguilar empezó a agobiarse del ambiente cabaretil, llegó de nuevo el aburrimiento, lo fastidió el cansancio y lo hartaron las exigencias de autoridades y trabajadores.
-Tanto me molestaba un hermano de Vicente Lombardo Toledano que era el inspector de autoridad del cabaret - explica don Antonio como reviviendo aquel momento - que un día, a las seis de la mañana, lo llamo, a él y a todos los empleados del cabaret y los cito para vernos. Ya que estábamos reunidos les menté a la familia muy respetuosamente a todos, agarré una silla y les dije “ esto es lo que me llevo, todo lo demás se los regalo”. Y me fui.
A los pocos días se había marchado de la ciudad de México.

Caballo prieto azabache

Caballo prieto azabache, como olvidar que te debo la vida cuando iban a fusilarme las fuerzas leales de Pancho Villa.

Aquella noche nublada una avanzada me sorprendió y tras de ser desarmado fui
sentenciado al paredón 
Y cuando estaba en capilla, le dijo Villa a su asistente, me apartas ese caballo por
educado y por obediente.
Sabia que no me escapaba pero pensaba en la salvación
y tú prieto azabache también pensabas igual que yo.
Recuerdo que me dijeron pide un deseo pa' ajusticiarte:
yo quiero ser fusilado en mi caballo prieto azabache.
Y cuando en ti me montaron y preparaban la ejecución
mi voz de mando esperaste y te avanzaste contra el pelotón

Con tres balazos de mauser corriste azabache salvando mi vida,
lo que tú hecho conmigo caballo amigo, no se me olvida.

No pude salvar la tuya y la amargura me hace llorar,
por eso, mi prieto azabache no he de olvidarte nunca jamás por eso, mi prieto azabache no he de olvidarte nunca jamás

 
 
 
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