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ANTONIO AGUILAR

Las doradas noches de El Minuit

POR CECILIA KÜHNE

“Yo era muy vago...” dice Antonio Aguilar al recordar aquellos días cuando compró el cabaret Minuit.

Nada tenía que ver la ambición. Las ganas de cambiar de aires no respondían a un hambre de aventura sino al aburrimiento. Más allá de la fama y la fortuna, Antonio Aguilar, cuando decidió regresaba la Ciudad de México, después de sus avatares por Tijuana, ya no quería ser esclavo de su la vida que había llevado. Aunque estaba rodeado de mucha gente, era el dueño de un cabaret decente, podía contratar músicos, tener dos carros, encantar a todas las mujeres, hacer amistades provechosas y jugar a olvidarse de sus sueños, el ambiente ya no le acomodaba. Si el éxito era aquello, una ganancia tan fácil, tan grande, tan pronta, no se parecía a la felicidad. ¿Acaso necesitaba cambiar de escena?. ¿Cómo desaparecería aquel sentimiento de terrible soledad aún cuando estaba rodeado de mucha gente?. Antonio no sabía. Pero en Tijuana ya no quería estar más..
-Me vengo a México, dice don Antonio recordando el fin de sus días de aburrimiento, y llevaron a un cabaret muy fino y que estaba en Ignacio Ramírez y Paseo de la Reforma. No me impresionó demasiado pero decían que lo había inaugurado madame Lupescu y que era muy elegante. Yo, que llegué a la ciudad en un carro convertible, un Lincoln traía algo de dinero, iba a los centros nocturnos, me paseaba, me divertía y tenía muchas amistades ...
- Yo diría que muchas novias. interrumpe su hijo Toño soltando la carcajada
- Es que yo era muy vago, dice don Antonio sin enojarse. En esa época conocí a Ricardo Olazábal, presidente de la Torre Latinoamericana y, como si nada, empezamos a tutearnos. Un día me dijo: “Antonio, quédate con ese cabaret” Yo le dije: “no, hombre, está muerto”. Pero el me aseguró que yo lo podía levantar. Lo pensé un rato y le pregunté cuánto quería por él. “25 mil pesos”, me dijo. Y el trato incluía toda la loza, las mesas, los manteles, todo. Yo acepté. Y así me convertí en el dueño del Minuit.
En muy poco tiempo Antonio organizó las cosas
- El día del debut, cuenta, en aquel cabaret que estaba muerto la gente se daba de trompadas para entrar. A partir de ese momento tuve llenos todas las noches con el único trabajo de renovar a las muchachas cada tres meses, porque eran tan buenas y tan bonitas que un banquero le ponía casa a una, un político a otra y así iban desapareciendo.
Olazábal había tenido razón. Antonio, en muy poco tiempo logró convertir al lugar en el cabaret de moda en la capital. En el Minuit se divertían los famosos del momento: Jorge Negrete, Gloria Marín, los hermanos Tito y Víctor Junco eran clientes habituales; diputados, senadores y gente de la alta política consideraban un deber dejarse ver en El Minuit. El ambiente, aunque espectacular,-y decorado al estilo francés- no se prestaba al escándalo pero sí a convertirse en el escenario de las anécdotas e historias que comentaba todo México.
Una de ellas le aconteció a Justo Sierra Casasús, diplomático, que vivió una fuerte emoción en aquel cabaret. Todavía hoy se acuerda y cuenta:
- Yo venía de estar en la embajada de Washington durante un largo tiempo y me habían recomendado ir al Minuit para conocerlo. Yo llegué solo y me senté en la barra. Junto a mí había un hombre ya muy pasado de tragos que me saludó como si me conociera y decidió invitarme un trago. Yo le dije que no, que muy amable. Entonces él sacó una pistola, le pidió al cantinero una botella de whisky, me apuntó y me dijo que si no me la acababa me iba a matar ahí mismo. No había discusión posible, me empecé a tomar la botella y nada más veía el arma dirigida contra mi. De pronto un manazo le tiró la pistola al suelo, un brazo fuerte lo agarró de la solapa y una voz como trueno le dijo : “en este lugar no se saca la pistola y no se habla así. Nunca vas a volver por aquí desgraciado. “ Aquella figura alta y salvadora, vestida con un traje elegantísimo sacó al borracho como si fuera una pluma. Después se me acercó y se presentó: era Antonio Aguilar. Por eso siempre digo que el día que conocí a Antonio Aguilar fue el día que me salvó la vida.

Pero no solo los nacionales acudían al cabaret: Gary Cooper, Errol Flinn y Cary Grant asistían cada vez que llegaban a México. El rey Carol ) de Rumania-y su Madame Lupescu, que se habían exilado en México huyendo de la invasión nazi y buscando alojamiento para su clandestino amor, le daban brillo social y aristocrático, los empresarios de radio y de cine, descansaban de sus talentos o buscaban otros y Antonio, un perfecto anfitrión, se iba a dando a conocer.
La elección que Aguilar hizo de sus artistas fue impresionante: En el escenario se presentaron las más grandes figuras de la época: Pedro Vargas, Elvira Ríos, Evelina Landìn, Toña La Negra y Agustín Lara, del cual Antonio Aguilar conserva todavía una foto autografiada que dice: “ Para Antonio, mi amigo y mi mejor patrón”.
Los tiempos habían cambiado: Antonio Aguilar vivía, junto con todo México, una feliz época de oro.

Cuatro meses

Que se te quite
Ese orgullo mujer que tienes.
De que te sirve
Vivir entre las flores?

Desde hoy te digo
Que ya tengo nuevos amores
Son orgullosos y remilgosos
Como tú.

Y cuatro meses,
Los voy a estar contigo.
Y cuatro meses
Los voy a estar con otra
Y los otros cuatro
Le sigo con otra y otra.
Yo no te pido
Amor ni caridad.

 Y cuatro meses...
 
 
 
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