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ANTONIO AGUILAR

Aviones, ópera y cabaret

POR CECILIA KÜHNE

Agustín Lara fue empleado de Tony Aguilar en el cabaret Minuet, en la ciudad de México. La dedicatoria dice: Para Tony, fantástico patrón, pero mejor amigo.

Fue culpa de su mamá. No cabe duda. Antonio Aguilar era muy joven cuando llegó a Nueva York, enviado por su tío, para estudiar aviación. En aquel momento tenía la cabeza llena de ruido, pero no el del rumor de las hélices y los motores, ni siquiera sonidos de guitarra y guitarrón, sino de la música que cantaba su madre: arias de ópera, escalas que formaban voz y entendimiento, acordes y notas que antes de cualquier avión ya lo habían llevado al cielo. Antonio, no quería ser piloto, quería cantar.
Sin saber una palabra de inglés, se inscribió en la escuela y empezó a estudiar. Pero un buen día vio que anunciaban una beca para cantantes.
- Había 27 aspirantes, recuerda Antonio Aguilar, pero yo me la gané. Al poco tiempo mi tío se enteró y me mandó un telegrama que decía. “ en mi familia no hay payasos”. Y no me volvió a mandar un quinto.
Pero Antonio ya había iniciado el estudio serio de música clásica, solfeo, técnica vocal y lectura de partituras. Cuando se acabó la beca, se fue a trabajar a Ohio, donde era el único mexicano en un pueblo de 27 mil habitantes, con un empleo de 25 dólares a la semana para seguir estudiando. Poco tiempo después regresó a la Ciudad de México sin abandonar su propósito de convertirse en cantante de ópera.
Estudió con el maestro Lamberto Castañares y trabajando en lo que se podía: haciendo mandados, trabajos manuales y encargos para su maestro. Pero al poco tiempo volvió a surgir la oportunidad para regresar a Estados Unidos. Otro de sus maestros, Jesús Mercado, lo animó diciéndole que tenía una voz bonita de tenor lírico, “figura”, y le aseguró que iba a ser un gran cantante.
- Mi idea era estudiar con Andrés de Segurola, recuerda Antonio Aguilar, porque les daba clase a muchas figuras del canto. Pero estaba cieguito. Contaba que, después de comer en un restaurante muy famoso de Chicago, lleno de espléndida comida y saliendo de una función de ópera, se subió a un coche con Carusso y pasó por una alcantarilla a gran velocidad. Pegó un brinco, se golpeó en la cabeza y se le desprendieron las retinas. Yo por eso entré como su secretario, su chófer, jardinero y lazarillo a cambio de que me diera clases de voz. Con él conocí a Toscanini, a Rachmaninov, a Schipa, a Gigli y a muchas glorias mundiales. Me sentía en la gloria.

Agustín Lara fue empleado de Tony Aguilar en el cabaret Minuet, en la ciudad de México. La dedicatoria dice: Para Tony, fantástico patrón, pero mejor amigo.

Pero, como siempre, a la estancia en el paraíso le sucedió la correspondiente expulsión. Esta vez fue culpa de la guerra. Un mal día, en la televisión, anunciaron el ataque japonés a Pearl Harbor y Antonio, que había estudiado aviación, corría el peligro de ser llamado a filas. A los ocho días había cruzado la frontera con mucha pena, lágrimas y dificultades. Su mundo ideal se había desdibujado.
Aquella etapa, de mucho desaliento, lo mandó de un cabaret a otro por todo Mexicali. Cantaba “Granada” en el El León de oro, y la gente le aplaudía pero él no era feliz. Luego lo llevaron a Tijuana, asegurándole que era “el templo de los artistas”, pero en aquel templo “había pura fichera”, asegura Antonio. Sin embargo siguió cantando de cabaret en cabaret. haciendo siete shows por noche y ganando 12 dólares a la semana. Para atraer al público le pusieron un traje de charro con un pantalón que le llegaba a la espinilla y una chaqueta tan corta que no le tapaba las costillas. Lo presentaban, en inglés como “Tony Aguilar, the movie star from México”.
Fue entonces cuando Antonio Aguilar se cambió al Midnight Follies , un cabaret de mucho prestigio donde le pagaban 45 dólares a la semana. Se hizo amigo de todo el mundo, complacía al público que le pedía canciones y pudo ahorrar poco a poco. Cuando juntó 800 dólares le dijo a su amigo el cantinero que compraran el Sammy,s Bar, un lugar que estaba muerto. La idea fue muy buena: lo compraron, le cambiaron el nombre y en poco tiempo inauguraron el Oscar & Tony,s Havana Club. Tijuana era el lugar donde los soldados estadounidenses llegaban a emborracharse y divertirse porque no sabían si iban a regresar de la guerra. Casi todos los bares de Tijuana fueron clausurados por el incremento de enfermedades venéreas y accidentes fatales. El lugar de Antonio, como no ofrecía tales diversiones permaneció abierto. En cinco meses habían recuperado el capital y se habían desecho de las preocupaciones. Antonio empezó a tener ganas de cambiar de escena. Quería regresar a la ciudad de México y probar suerte.

Albur de amor

Yo como creído me equivoqué
Triste es mi vida
Joven querida y ése albur
yo lo jugué.

Para que quiero vida sin honra
Si malamente jugué
Si me matan en tus
brazos
Que me maten que al cabo y qué.

Albur de amor me gustó
Yo lo jugué
Como era pobre yo mi vida
la hipotequé
Y todavía valor me sobra
Para jugarlo otra vez
Si me matan a balazos
Que me maten y al cabo y qué.

Albur de amor me gustó...

 

 
 
 
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